lunes, 4 de julio de 2011

En el lejano este


Muchas cosas se saben de la conquista del lejano oeste, a través de westerns y de películas de indios, de road trips y de historias de self-made-men que construyeron con sus propias manos un nuevo mundo. La verdad es que los Estados Unidos siempre han sido maestros en crear sueños y leyendas, y venderlas.

Pero ¿qué decir de la conquista del lejano este? a la otra punta del mundo. Rusia, por su pertenencia al bloque comunista hasta principios de los 90, por su carácter menos extrovertido, no ha querido crear una mitología de su conquista del este. No quiere decir que no existiera. Hasta nosotros, sólo nos han llegado algunos asomos de esta conquista como el Michel Strogoff de Julio Verne. Pero no son muchos. Lo único que resuena de manera convincente en nosotros, cuando evocamos esta parte del mundo, a parte de la nieve y de algún cosaco pasado de rosca, es el tren que transcurre más de 9.000 km de raíles: el transiberiano.


Tuve la suerte de viajar en él, con cuatro amigos, desde Moscú hasta Beijing, siguiendo la ruta que emprendían las caravanas de té hace cuatro siglos. El transiberiano es un inagotable viaje en el que el compartimiento del tren se convierte en una segunda casa. Allí te lo montas para convivir lo mejor posible, y poco a poco el reducido espacio se convierte en un hogar caluroso y acogedor.

Los paisajes de Siberia desfilan tras las ventanas del tren con una obstinada tenacidad. Las horas transcurren entre partidas de cartas y de ajedrez, siestas variables y lecturas de guías o novelas. La comida es graciosamente repetitiva, y el plato estrella del tren son los noodles –sí, esos noodles que se compran en cualquier super asiático- cocinados con el agua hirviendo del grifo para té. Pero también frutas, patatas de todos los sabores y alguna vez, en el restaurante del tren, un pelmeni, especie de sopa de ravioles rellenos de carne. Para refrescar todo esto, cerveza bien fría.

A menudo el transiberiano se detiene. Entonces, bajar del tren, desentumecer las piernas, e ir a aprovisionarse en las tiendas de la estación se convierten en placeres del viaje. Muchas veces la única compra en estas tiendas es: ¡más noodles!. Y si uno tiene la suerte de tener una bola de fútbol, unos toques siempre caen.

Vuelta al tren y llegada de la noche. Eso significa sacar la botella de vodka y empezar con los brindis. Es el momento en el que las personas se conocen, y brindan, y hablan y ríen... Rusos, húngaros, ingleses, polacos, franceses, alemanes, lituanos, etc. Es el momento en que surgen anécdotas como el memorable encuentro con un antiguo militar ruso, enorme, alcohólico, que resultó ser un ilusionista con las cartas y que podía provenir perfectamente de una novela de Dostoeivski.

De repente amanece y miras el reloj y te extrañas que solamente son las tres de la mañana. ¿Cómo puede ser? Y es que sin enterarte has atravesado muchos husos horarios. Porque en el transiberiano, a diferencia de lo que pasas en la vida cotidiana, uno pierde constantemente la noción del tiempo.

Muchas personas han asemejado el transiberiano con una travesía por el océano. ¡Eso habrá que comprobarlo!


Moscú
Nijni-Novgorod
Kazan
Perm
Yekaterinburgo
Tioumen
Tobolsk
Omsk
Novossibirk
Tomsk
Krasnoïarsk
Baïkal
Sliudianka
Ulan-Ude
Ulan-Bator
Datong 
Beijing



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