jueves, 30 de junio de 2011

Nonna Eroina


La Mafia italiana nos ha dejado nombres de leyenda como Salvatore 'Toto' Riina, Antonio Biffa 'Tony' o Bernardo Provenzano. Pocas veces son mujeres las que pasan al recuerdo. Es cierto que en la sociedad mafiosa, las mujeres ocupan un papel segundario. Sirven, obedecen, no ven nada, no dicen nada, lo saben todo. Sin embargo hay algunas excepciones dignas de interés, como son los casos de Angela Russo y Anna Mazza.

Angela Russo , o“Nonna Eroina”, la abuelita de la heroína, no se contentó con coger, a sus 80 años, el avión o el tren para transportar droga. Era la organizadora de todo el tráfico. Como lo narra Anna Puglisi, en el banquillo de acusados, con cabellos blancos y arrugas, la abuelita de la heroína se comportó en perfecta mafiosa; no confió ninguna información, sólo se contentó con declarar que su hijo Salvador, quien había colaborado con la justicia, estaba loco de remate y era infame, y que padecía meningitis.

Esta “nonna eroina”, aunque no haya sido afiliada y entronizada en la Cosa Nostra, se comportó frente a sus jueces como una mafiosa a semejanza de los “hombres de honor” de la mafia Siciliana más tradicional.

La Camorra nos proporciona otro ejemplo todavía más sorprendente con Anna Mazza, viuda del capo de la localidad Afagola, Gennaro Moccia, asesinado en 1970 por un clan camorrista adverso.

Las “viudas negras”, como es costumbre denominarlas en Campania, saben vengarse organizando una “vendetta” sanguinaria. Es suficiente recordar que en los años 50 una tal Pupetta Maresca que quedó viuda, embarazada de pocos meses de su hombre asesinado, manejó ella misma el arma de fuego de la venganza.

Ahora bien, Anna Mazza, como lo relata Roberto Saviano, fue un paso más allá. No sólo armó el brazo de su hijo de 13 años para eliminar al mandatario del homicidio de su padre, sino que también se propuso administrar la enorme estructura de empresas ilícitas que heredaba. Así el clan Moccia se convirtió bajo su mandato en el más importante de los años 90 en materia de construcción, control de canteras y operaciones inmobiliarias. El volumen de negocio sobrepasó entonces al de la Cosa Nostra.

En cuanto a la organización de las redes de la Camorra, innovó totalmente en la política de gestión. Utilizó menos la violencia y las armas y se rodeó de un “staff” completamente femenino, con apariencia de mujeres de negocio elegantemente vestidas. Como lo escribe Roberto Saviano: “las mujeres del clan hacían alarde de una mejor aptitud a la hora de administrar empresas y estaban menos obsesionadas por el poder y con la idea de entrar constantemente en conflicto.”

Las cosas no fueron del todo bien ya que en frente, las otras redes eran masculinas y usaban más la violencia  de manera que un día una de ellas, Immacolata Capone, fue asesinada y otra, Anna Vollaro, se suicidó cuando policías venían a arrestarla.

Pero si hay todavía una diferencia hoy en día entre una mujer capo de la camorra y un hombre, es que hasta ahora, nos dice Saviano, ninguna se ha arrepentido convirtiéndose en colaboradora de la justicia. ¿Son más fieles a un tipo de vida, aunque sea mafioso? La verdad es que la proporción hombres-mujeres en la mafia tampoco es la misma.




Fuente: La Mafia italienne, Claude Ducouloux-Favard
Referencias: Anna Puglisi: Donne, mafia et antimafia
Liliana Madeo: Donne e mafia
Roberto Saviano:Gomorra

lunes, 27 de junio de 2011

Cavar en el desierto

“Hay muchos agujeros cavados en ese desierto y muchos problemas enterrados en ellos. Pero hay que hacer bien las cosas, hay que haber cavado el agujero antes de llegar allí con el paquete en el maletero, si no tienes que tirar de pala durante treinta o cuarenta y cinco minutos, ¿y quién te asegura que en ese tiempo no aparece alguien? eso te obligaría a cavar unos cuantos agujeros más… Vamos, que te puedes pasar allí toda la puta noche.” 


Casino -
Dirección: Martin Scorsese
Guión: Nicholas Pileggi


domingo, 26 de junio de 2011

En recuerdo de Peter Falk

¿Quién es Columbo?

Columbo es un policía tenaz, perspicaz, inteligente pero también torpe y distraído. Bajo una pobre apariencia física y una mediocre indumentaria, se esconde en realidad un temible detective, al que ningún detalle escapa. Sus adversarios, los asesinos, provienen casi siempre de entornos acomodados y subestiman siempre, por culpa de su apariencia, el talento del teniente. Al principio Columbo suele tranquilizar al asesino, con su simpatía o su admiración,  se vuelve a lo largo de la investigación pesado, desagradable, acosador, hasta el punto de empujar a su sospechoso al error, incluso a la confesión.

Columbo es de origen italiano y proviene de una familia muy modesta. Después de crecer en la casa familial, en un barrio cercano a Chinatown en Nueva York, con sus seis hermanos y su hermana, entra en el cuerpo de policía de la ciudad, tras haber servido a su país en la guerra de Corea. Lo que ha aprendido del oficio de policía, se lo debe a un sargento de origen irlandés llamado Gilhooley con el que colaboró en la duodécima circunscripción de Nueva York. Su mítica gabardina es seguramente un vestigio de su paso por Nueva York.

Ser policía no fue tan obvio puesto que pasó toda su infancia haciendo las mil y una: destrozar farolas, frecuentar bandas de gamberros para gastar bromas como impedir a los coches de arrancar poniendo patatas en los tubos de escape. Columbo tiene una pasión por el flipper pero domina también el billar y los dardos. Su padre se lo enseñó. Fue también en esa juventud cuando, a los doce años, aprendió a fumar. Durante sus estudios de química que abandonará, conoció a su futura esposa.

Trasladado a Los Ángeles en 1958, ejerce como policía en la “Police Departement of Los Angeles” (LAPD), llamada también “La criminal”. Columbo nunca lleva su arma de servicio ya que odia las armas. Está casado, tiene hijos, y un perro sin nombre, al que llama “El perro”. Conduce una Peugeot 403 modelo 1960 completamente estropeada y con matrícula 044APD. Esparce por todas partes la ceniza de su puro maloliente, lleva una vieja gabardina desde hace muchos años y su plato preferido es el chili con carne servido con “crackers”. No bebe mucho alcohol y si toma un café, lo pide solo ya que él y su mujer cuidan de su peso. Le gusta hablar con su mujer de los casos en los que trabaja, y eventualmente, le pide ayuda para resolver algún enigma. Paralelamente, Columbo habla de su mujer a cualquier persona que se cruza a lo largo de sus investigaciones. Tiene la mala costumbre de hablar de su familia y de sus pequeñas preocupaciones, aunque haya venido a anunciar una mala noticia. Es el enemigo jurado de las señoras de limpieza ya que esparce por todas partes la ceniza de su puro, y si se ha ensuciado los zapatos de barro, podéis estar seguros que manchará una moqueta en perfecto estado de limpieza.

La visión de un cadáver no le asusta, hasta el punto de poder tomar el desayuno inspeccionando la víctima, sin perder una miga. Aunque siempre tenga una pequeña libreta para apuntar los pequeños detalles, a menudo está buscando un bolígrafo para escribir.

Este post va dedicado a la memoria del gran actor Peter Falk –Columbo- que acaba de fallecer el 23 de junio de 2011.



miércoles, 22 de junio de 2011

Ángel guardián


Los mercaderes de vino nunca llegaron a prosperar tanto como en el siglo XIX. Este éxito dio origen a un nuevo trabajo: el de ángel guardián. El ángel guardián era el encargado de acompañar a sus casas aquellos clientes mamados. Ya que para un hombre en estado de embriaguez, la menor acera se convierte rápidamente en un escollo infranqueable, el adoquín más pequeño puede provocar una caída. Con una señal del dueño, el ángel guardián agarraba al cliente por los cuernos y lo acompañaba a su domicilio. Había que ser paciente y gran psicólogo. El ángel guardián debía, primero, tranquilizar a su cliente –no, su mujer no estaría molesta con él-, estar de acuerdo con sus obsesiones –sí, el vino era excelente para la salud-, sufrir sin rechistar sus cóleras, sus lloros o sus sarcasmos, recoger su sombrero tirado en un arroyo y por último, afrontar las reprimendas de la esposa.
En recompensa, recibía algunas monedas del cliente y tenía mesa regalada por el mercader de vino. La mayoría de los ángeles guardianes operaban en Montmartre y a los alrededores de la plaza Maubert. 

Métiers oubliés de Paris - Dictionnaire littéraire et anecdotique
Traducción: KNB

sábado, 18 de junio de 2011

Sentado junto al conductor


Pero deje que le cuente lo siguiente. Desde una cárcel que yo conozco, una mañana, en algún lugar de Francia, un camión conducido por soldados armados traslada a once franceses al cementerio donde van a fusilarlos ustedes. De esos once, cinco o seis han hecho realmente algo para ello: una octavilla, citas clandestinas y, por encima de todo, su rechazo a ustedes. Estos permanecen inmóviles en el interior del camión, embargados por el miedo, desde luego, pero, si se me permite la expresión, por un miedo trivial, el que invade todo hombre frente a lo desconocido, un miedo con el que aviene el valor. Los demás no han hecho nada. Y el saber que han de morir por un error o víctimas de cierta indiferencia, hace más difíciles estos momentos. Entre ellos, hay un muchacho de dieciséis años. Conoce usted la cara de nuestros adolescentes, no voy a abundar en ello. Este está atenazado por el miedo, se abandona a él sin ninguna vergüenza. No esgrima usted su sonrisa de desprecio, le castañetean los dientes. Pero han puesto ustedes a su lado a un capellán cuya misión es aliviar a esos hombres durante esos atroces momentos de espera. Creo poder afirmar que, para unos hombres a los que van a matar, poco arregla una conversación sobre la vida futura. Cuesta demasiado creer que no acaba todo en la fosa común. Los hombres permanecen mudos en el camión. El capellán se ha vuelto hacia el muchacho, hecho un ovillo en un rincón. Este le comprenderá mejor. El muchacho contesta, se aferra a esa voz, renace en él la esperanza. En el más mudo de los horrores, basta a veces con que hable un hombre; puede que lo arregle todo. “No he hecho nada”, dice el muchacho. “Sí”, contesta el capellán, “pero eso ya no importa. Tienes que prepararte a morir bien”. “No es posible que no me entiendan”. “Soy tu amigo y puede que te entienda. Pero es tarde. Estaré a tu lado y Dios también. Será fácil, ya verás". El muchacho se ha vuelto. El capellán habla de Dios. ¿Cree en Dios el muchacho? Sí que cree. Pero esa paz es la que le da miedo al muchacho. “soy tu amigo”, repite el capellán.

Los demás callan. También hay que pensar en ellos. El capellán se acerca al silencioso grupo, da la espalda por un momento al muchacho. El camión circula despacio, con un ruidillo de deglución por la carretera húmeda de rocío. Imagínese esa hora gris, el olor matinal de los hombres, el campo que se adivina sin verlo, por los ruidos de una yunta de bueyes o el canto de un pájaro. El muchacho se acurruca contra el toldo, que cede un poco. Descubre un estrecho paso entre él y la carrocería. Podría saltar si quisiera. El otro está de espaldas, y en la parte delantera, los soldados se esfuerzan en orientarse en la oscura mañana. No se para a pensarlo, arranca el toldo, se desliza por la brecha, salta. Apenas se oye su caída, un ruido de pasos precipitados, y luego nada. El muchacho se mueve por tierras que ahogan el ruido de su carrera. Pero el chasquido del toldo, el aire húmedo y violento que irrumpe en el camión, han hecho volver la cabeza del capellán y a los condenados. Durante un segundo, el sacerdote escruta la cara de esos hombres que lo miran en silencio. Un segundo en el que el ministro del Señor debe decidir si está con los verdugos o con los mártires, como exige su vocación. Pero ya ha golpeado el tabique que lo separa de sus compañeros. Achtung. Se da la voz de alerta. Dos soldados se abalanzan dentro del camión y encañonan a los prisioneros. Otros dos saltan al suelo y corren a campo traviesa. El capellán, plantado en el asfalto a unos pasos del camión, intenta seguirlos con la mirada a través de la bruma. En el camión los hombres oyen tan solo los ruidos de esa caza, las interjecciones ahogadas, un disparo, el silencio, de nuevo voces cada vez más próximas y un rumor sordo de pasos. Traen al muchacho. No le ha alcanzado el disparo, pero se ha detenido, rodeado por ese vapor enemigo, súbitamente sin valor, sin fuerzas. Sus guardianes lo llevan en volandas, más que conducirlo. Le han pegado un poco, pero no mucho. Queda por hacer lo más importante. No dirige una mirada ni al capellán ni a nadie. El sacerdote se ha sentado junto al conductor. Le ha sustituido un soldado armado en el camión. El muchacho, tirado en un rincón del vehículo, no llora. Ve desfilar de nuevo entre el toldo y el suelo del camión la carretera donde despunta el día.



Carta a un joven alemán, diciembre de 1943 - Albert Camus

viernes, 17 de junio de 2011

водка да!


Pocos musulmanes rusos se toman en serio las leyes anti-alcohol preceptivas. “El Corán prohíbe el alcohol, pero no el vodka” soltó un musulmán tártaro.

Lonely Planet –Rusia y Bielorusia




jueves, 16 de junio de 2011

Un día estás, al otro no


El humo cuelga en la estancia
Como un chiste malo.
Apago el cigarro.
Otro día va a morir.

Arde Babilonia, 1994 –Roger Wolfe

miércoles, 15 de junio de 2011

Desmotivaciones

Desmotivaciones es mi mejor descubrimiento en Internet de las últimas semanas. Registraros, inspiraros y participad!



martes, 14 de junio de 2011

"Doctor Livingstone, I presume?"


Médico, misionario y explorador, el británico David Livingstone (1813-1873) emprende distinguidas expediciones a partir de 1840, primero en África del sur, y luego en África central y austral. Así Livingstone explora el curso del Zambeze y particularmente las cataratas del lago Victoria en 1856. También descubre numerosos lagos como el Ngami o el Chirua. Acredita la fuente del río Zaire y contribuye en particular en dilucidar el enigma de la fuente del Congo.
A lo largo de sus numerosas expediciones, Livingstone no sólo se dedica a descifrar un continente desconocido, sino que trata de luchar contra la esclavitud. También intenta crear misiones cristianas. En 1866, todos y cada uno saben que ha decidido aventurarse por África oriental. Fue entonces cuando trascurrieron tres largos años de inquietante silencio. Ya no llegaban noticias suyas. La mayoría le dieron por muerto.


En 1869, el periodista Henry Stanley decide partir en busca del médico, en representación del New York Herald. Nacido en Gales, huérfano, embarcado a la aventura hacia América, adoptado por un negociante de Nueva Orleáns, combatiente durante la guerra de Secesión en las tropas sudistas (luego pasará a los nordistas), y finalmente, periodista, Henry Stanley era sin lugar a dudas el hombre designado para encontrar a Livingstone.
Lo improbable se produjo en Ujiji, en la orilla noreste del lago Tanganica. El 10 de noviembre de 1871, Henry Stanley descubre David Livingstone gravemente enfermo. En su libro How I found Livingstone el periodista cuenta este instante crucial: “Mi corazón batía a toda velocidad. Mientras avanzaba lentamente, me fijé en su palidez y su aspecto cansado. Llevaba pantalones grises, una chaqueta roja y una gorra azul de bandas de oro ajado. Me hubiera gustado abrazarle, pero era inglés, y no sabía cómo me acogería. Así que hice lo que me dictaban la cobardía y el falso orgullo: me acerqué con paso resuelto y dije sacándome el sombrero: Doctor Livingstone, I presume?”. Esta célebre frase dio la vuelta al mundo y traduce de manera graciosa y muy inglesa una fuerte emoción contenida. 
El infatigable doctor prosiguió sus exploraciones africanas algunos tiempos más. Pero no por mucho tiempo. David Livingstone murió el 1 de mayo de 1873, en un pequeño poblado del lago Bangweulu, en Zambia, a causa de la malaria y de una hemorragia interna producida por disentería. 


Traducción cita: KNB

martes, 7 de junio de 2011

Anécdota de cine


Cuentan los que trabajaron con él, que el cineasta aragonés Luis Buñuel compraba relojes de cadena baratos en los mercadillos. Luego, en los rodajes, cuando las cosas iban mal, cogía una de estas baratijas y la estrellaba contra el decorado. Calmado, decía lo siguiente sobre la procedencia del reloj:
- Ha pasado por todos mis antepasados y me lo regaló mi abuelo antes de morir… ¿Os dais cuenta de lo que me habéis hecho hacer?
Tras ello, todo iba como la seda.


Anecdotario universal de cabecera, Gregorio Doval

lunes, 6 de junio de 2011



"El pasado es un prólogo" dijo un día Shakespeare desayunando.



domingo, 5 de junio de 2011

¡Gracias Martín!


¿Os habéis preguntado alguna vez por qué los trenes de gran velocidad tienen este pico? La empresa ferroviaria japonesa que creó el tren bala Shinkansen tenía un problema cuando el tren entraba en un túnel. El cambio de densidad entre exterior e interior provocaba una explosión sónica muy desagradable para los residentes que vivían cerca de las vías. Y ese problema no encontraba solución.
Uno de los ingenieros de la compañía tenía la extraña pasión de las aves, es decir que era ornitólogo. ¡Hay gente para todo! Un día le prestó más atención de lo normal a un ave: el martín pescador. O Alcedo Atthis. Se percató de que, cuando el martín pescador entraba en el agua en busca de presas, lo hacía verticalmente y que provocaba pocas distorsiones y pocas salpicaduras en la superficie del agua. Así como pasaba con el tren había un cambio brusco de densidades entre exterior e interior.
El pico que vemos actualmente en todos los trenes de gran velocidad es el del martín pescador. El tren ganó en velocidad y eficiencia energética. 
Podemos concluir que la ornitología no sólo sirve para ver a Halle Berry saliendo del mar. Y que la naturaleza nos puede seguir dando alguna que otra lección.

jueves, 2 de junio de 2011

Ostrog


Descansando sobre un acantilado de casi un kilómetro de altitud, el monasterio de Ostrog domina el valle de Zeta, en el corazón de Montenegro. La fortaleza se construyó en la roca, como por arte de magia, de manos de San Basilio a mediados del siglo XVII. A lo largo de los años, el monasterio de Ostrog se ha convertido en el lugar de peregrinación ortodoxo más importante de los Balcanes.
Con un coche de alquiler, trepábamos –dos amigos y yo- el angosto y peligroso camino que daba acceso a las inmediaciones del monasterio. Al borde del camino un precipicio vertiginoso. Era por la tarde, y toda la región olía al follaje de la montaña.
Cuando aparcamos nos quedaban todavía unos dos kilómetros de recorrido antes de alcanzar el monasterio que entreveíamos en el lomo de la montaña. A nuestro costado, muchos peregrinos provenientes de Serbia caminaban también hacia el santuario. Los hombres, de aspecto siniestro, y las mujeres vestidas de negro, cargando cestas repletas de latas de conserva, frutas y jabón. Al llegar al monasterio vimos, a nuestro pesar, una larga cola que esperaba bajo un sol agresivo. Creo que pensé en todas aquellas personas que iban cubiertas de negro y que estarían sufriendo con aquel calor. Después de perseverar dos cansinas horas llegamos a las puertas de una humilde capilla cavada en la roca. En la entrada había una montaña de donaciones que los peregrinos traían consigo para que los monjes del monasterio tuvieran mejor vida. Un monje tenía por labor hacer pasar a cuentagotas las personas al interior de la capilla.
Cuando me tocó el turno y crucé el umbral de la puerta, vi una antecámara minúscula sumergida en la penumbra. La luz del exterior contrastaba con la oscuridad reinante así como el aroma de la montaña se había convertido en un fuerte olor a sudor y a encerrado. Tres o cuatro peregrinos estaban sentados mirándome con una curiosidad no exenta de irritación. Como turista me sentía un poco avergonzado de estar en un lugar santo, empañando la fe de otros. Sin embargo tanto tiempo de espera y un interés creciente hicieron que tomara una silla y esperara –otra vez- mi turno.
Fue entonces cuando salió de la sala principal una anciana gritando desconsolada. La mujer iba vestida de oscuro, como todas, recubierta de una manteleta negra. Estaba encorvada y se tapaba la cara con sus enjutas manos, y lloraba estridentemente. Me dieron escalofríos al oírla gritar repetidamente algo en serbio. Y lloraba y lloraba. Me sabía bastante mal y me pregunté qué le podría haber pasado de tan cruel para estar en semejante estado. La sacaron afuera y al rato todavía seguía oyendo los llantos de la anciana que entraban al interior de la antecámara.
Por fin salió la última persona que tenía delante y pude entrar en la esperada capilla. Cual fue mi asombro cuando vi ante mí un sacerdote inmenso. Me examinaba. Tenía los ojos huecos y la mirada intensa y severa, casi agresiva. Una barba negra como la muerte le caía hasta las rodillas, a juego con sus atuendos y sandalias oscuros. Pertenecía a esas apariciones de las que uno huye si se las encuentra en un callejón a media noche. No parecía humano, de verdad. A su lado se hallaba un ataúd abierto con el cadáver del santo revestido por una sabana blanca. Un montón de billetes de cien, doscientos euros, yacían en el suelo. Y toda esta escena tétrica estaba alumbrada tenuemente por escasas velas.
No estaba a gusto en semejante situación, así que salí lo más rápido que pude de la capilla, bajo la mirada inflexible del sacerdote, quien seguía inmóvil, como una estatua.
Cuando dejé la capilla y me dio otra vez la luz del día, empecé a pensar en lo ocurrido. Me di cuenta de que los lloros de la anciana no eran de desconsuelo sino de felicidad. Acaso era el sueño de toda su vida, el visitar el monasterio de Ostrog, besar las reliquias del santo, hablar con aquel sacerdote. ¿Cómo explicar sino los miles de euros que yacían en el suelo de la capilla?

Uno se debate entre la belleza que conlleva entregarse enteramente a su fe y la tristeza de saber que es justamente esa entrega sin restricción que ha permitido la muerte, en conflictos bélicos, de tantas vidas. No sólo en los Balcanes sino en todo el resto del mundo. No obstante el monasterio de Ostrog es un lugar increíble, así como su país, Montenegro.