Lo poco que me queda
esta noche, en que la lluvia
repiquetea como la descarga de un cartucho
por todos los cristales de la casa,
es no obstante un sólido refugio:
esta cálida cocina
en donde bebo
un vaso bueno
del mal vino de siempre, escribo
algún poema, leo
los versos de la gente a la que amo y odio
y alzo un momento la cabeza
—frente a las sombras inconexas del televisor
en el que danzan los pájaros de Hitchcock
mientras Tippi Hedren se lleva las manos
ensangrentadas a la cara—
para apurar plácidamente un cigarrillo
y mejor recrearme en el milagro:
El mundo,
qué duda cabe —a veces—
está bien hecho.
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